23 de 30 (2021) - Valeria

 Estábamos sentadas en una piedra gigante que nos ofrecía una vista increíble del valle, regalándonos con un gran espectáculo de humildad, rodeadas de mariposas y el canto de aves. Estaba junto a Valeria, quien me propuso respirar e imaginar que este momento en el tiempo deberíamos llamarlo "agradecimiento". Le sonreí y acepté la invitación. Cerré los ojos y comencé a respirar, escuchando más, sintiendo más, y muchas ideas vinieron a mi mente. Valeria me pidió que volviera y me centrara en escuchar mi respiración.

La miré de reojo y vi mucha paz y una gran sonrisa en su rostro. Me recordó a cómo la conocí; coincidimos en un retiro de yoga. Ella llegaba con un grupo de profesores, su presencia era notable con su cabello largo y trenzado de manera muy particular, de estatura baja, ojos algo rasgados y pardos, acompañados de cejas bien marcadas. Era morena y menudita, vestida con un largo vestido blanco. Su rostro mostraba una amable sonrisa que nunca parecía agotarse, y su voz era calmada y cálida.

Mi mirada no se despegó de ella; la seguí hasta que se sentó justo frente a mí y me saludó con una señal de yoguis que, hasta ese momento, no entendía. Solo atiné a responderle de la misma forma. En los momentos de descanso, me acercaba a ella para preguntarle cómo había comenzado en este mundo de meditación y yoga. Sus respuestas eran concisas y siempre decía que estaba comenzando y que consideraba que no sabía mucho. Siempre la veía tan tranquila y en paz que no sabía si realmente existía.

Después de una semana de este encuentro, me encontraba haciendo cola en un supermercado cuando alguien me saludó y sonrió. Era Valeria. Apenas nos saludamos e intercambiamos números, salí del lugar y me dirigía a casa cuando sentí que alguien me seguía. Di la vuelta y era ella. La esperé y le pregunté si todo estaba bien. La sonrisa y la luz que había visto en algún momento habían desaparecido; se veía como una niña pequeña y frágil, con lágrimas en los ojos, y me pidió que la acompañara a casa.

Mientras le preparaba un té, me preguntaba quién era realmente esta mujer. Hace una semana irradiaba tranquilidad y paz, tanto que yo quería saber cómo había llegado a ese estado. Me dirigí a la sala y la encontré mirando un cuadro antiguo e intentando respirar en calma. Me senté a su lado y me mantuve en silencio por un momento, esperando que a su propio tiempo pudiera contarme qué había sucedido. De repente, empezó a hablar: "No sé qué me pasa. Pensé que había dejado atrás esta versión de mí misma y me doy cuenta de que no es así. Vuelvo a caer en las mismas elecciones y vuelvo a ver mi antiguo yo emergiendo y burlándose de mí. Me grita a viva voz que mis elecciones siguen siendo las mismas a pesar de decir que he 'sanado'. No he logrado avanzar en lo más mínimo y me siento como una impostora, hablando del desapego, de la responsabilidad afectiva y de no tener expectativas sobre el otro. ¡Estoy agotada y cansada! Harta de escoger al mismo tipo con diferente rostro".

Al escucharla, lo único en lo que pensé es que no había comprendido nada de la vida. Me había formado una idea de quién era ella sin tener en cuenta su humanidad. Verla tan menudita y llorando me recordó a mí misma, como una niña indefensa cuando asumí que mi padre jamás estaría presente. Me sentí a la deriva y sin esa figura. Solo la miré y le tomé la mano. No sabía exactamente qué decir, solo dije: "Estarás bien, vas a estar bien". Aun cuando yo la había encasillado como una mujer resuelta y libre de elecciones tan humanas, me avergonzaba de mí misma.

Ahora la miro y sigue pareciendo un ser increíble, sobre todo humano, como todos nosotros, en proceso de construcción.

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