11 de 30 (2021) - Inevitable, la chamba
Uno de los retos más fuertes que enfrenté en el trabajo fue elaborar y adaptar instrumentos dirigido a escuelas de educación intercultural bilingüe. Como todo proyecto, esto implicaba poner a prueba nuestras propuestas y validar algunas de sus ideas o modificar otras. Cuando me asignaron esta labor, lo acepté con mucha emoción. Me formé como antropóloga y luego como educadora, por lo que me sentí preparada para enfrentarlo. Sin embargo, en los primeros días de aceptarlo, comencé a frustrarme y no quería hablar de trabajo en ningún otro espacio que no fuera durante el horario laboral. Aunque en este preciso momento haga lo contrario. Me cuesta mucho saber con qué otros comentarios continuar este escrito porque se trata de trabajo, aquí sigo.
Siento que esta propuesta me llevó a rebuscar constantemente entre los retazos de una formación que había dejado de lado, especialmente en sus orígenes, ya que en los últimos años me había dedicado por completo a la educación. Poco a poco, y con mucha lectura, retomé los temas antropológicos que una vez me llamaron la atención y me di cuenta de que nunca los había dejado por completo; simplemente permanecían ocultos y se habían convertido en parte de mi práctica de investigación o en la forma en que veía la realidad.
Al principio, mi preocupación fue: "No hablo ni entiendo quechua, aymara y mucho menos awajun. ¿Cómo puedo plantear un instrumento que permita recoger información relevante en estos contextos?" Toda esta autoflagelación no hacía más que cegar mi capacidad para asumir que no era necesario que yo supiera hablar una lengua en particular. Observar, investigar y entrevistar a los actores que estaban involucrados en esta dinámica eran complementos necesarios para ver la realidad a través de sus ojos y sus experiencias.
Después de una semana de dar vueltas en torno a una propuesta basada únicamente en la literatura, mirar desde arriba, era mi error, el proceso de elaborar propuestas parten de quienes conviven día a día con la realidad. No es imposible conversar con ellos y recoger sus experiencias, incluso si no hablas sus lenguas. Esto me permitió escucharlos y conocer sus prácticas a través de otros docentes o informantes como sus traductores.
Fueron días muy enriquecedores. En las entrevistas, finalmente pudimos ver las caras de esos profesores y escuchar cómo enseñaban en la presencialidad, y cómo se encargaban de educar teniendo en cuenta los saberes, costumbres, creencias; fomentando el respeto y la valoración de la cultura quechua, awajun y aymara de sus estudiantes. Sobre todo, a convivir con las diferencias y la diversidad de culturas. Esta parte de mi trabajo es la que más amo. Interactuar con estudiantes, profesores o padres tiene como resultado propuestas reales.
Aunque no quería hablar de trabajo, este ha sido uno de los aprendizajes que aún me mantiene a flote y me deja claro que aún tengo un propósito.
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