19 de 30 (2021) - En sus manos
Después de firmar el divorcio, que inicialmente consideró precipitado como el amor que los unió, esperaba llegar a casa y sumergirse en un mar de lágrimas. Después de todo, habían sido 6 años compartiendo y acompañándose mutuamente. Entró en casa, y ya nada de lo que estaba allí era de ambos.
Se sentó en el sofá más viejo de la casa, colocó sus pequeñas manos en ambos extremos del sofá, respiró profundamente y, extrañamente, ninguna lágrima brotó de sus ojos. De repente, sintió cómo su propia voz y sus abrazos la envolvían, dándole tranquilidad. Nunca antes se había sentido así, dándose consuelo a sí misma y diciendo que todo estaría bien. De pronto, se dio cuenta de que todo lo que estaba sucediendo en ese momento era lo que debía suceder. Ella y Álvaro se tenían y se querían, pero de repente comenzaron a distanciarse, y sus silencios ya no eran cómodos. Sentía que callaban porque ya no tenían ni siquiera el silencio como espacio para compartir.
Ahora se tenía a sí misma y su propio silencio, como tantas otras veces antes de conocer a Álvaro. Experimentar la vida de esa manera le daba un claro indicio de que nada sería como antes. Si volviera a pasar lo mismo, se levantaría nuevamente, quizás con un movimiento adicional que le dé más impulso o tal vez con más dolor, pero lo haría.
Le alegraba darse cuenta de que esta vez era diferente, al igual que todas las otras veces. Su ímpetu era otro y su capacidad de respuesta también. Tuvo que reconocer situaciones que antes habría normalizado como reales y presentes, pero ninguna la hundiría, como en otros tiempos. Flotaría, pero continuaría.
Así, se convencía de que todo estaba en buenas manos, en las suyas, ya que nadie mejor que ella conocía cómo sanarse y encontrar calma. Fluía con cada uno de sus sentimientos, lo que le generaba tranquilidad y sosiego, permitiéndole fluir mejor y no preocuparse por lo que vendría después o qué pasaría con Álvaro.
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