15 de 30 (2021) - En la casa de siempre la fiesta terminó
Hace poco viajé a la comunidad donde nació mi madre. Llegamos a la casa de siempre para la celebración habitual: la fiesta del patrón, Santo Toribio. Mi abuela corría semanas antes para comprar cirios de colores como ofrenda de fe al santo patrón y mucha leña para poder cocinar en el pequeño horno todo lo que se pudiera preparar.
El día de la fiesta salían muchos manjares de ese pequeño horno: pan, gallina, cuy y chacho al horno. Claro, todo tenía el sabor de algunas plantas aromáticas porque mi abuela limpiaba el horno con las mismas. No sé explicar hasta ahora cómo lograba que quedaran impregnadas en el horno, cuyas paredes desprendían el olor cada vez que el calor empezaba a ingresar por sus grietas.
Hasta hoy tengo en mi boca el sabor del shiraj, como parte inherente de las semitas de trigo. Nunca faltó la chicha de jora, que estaba lista semanas antes, madura y dulce como para lograr seducir a cualquier fiel de Santo Toribio que llegara a visitar a mi abuela.
Recuerdo también verla afligida, recordando todos los mandados que aún quedaban pendientes. De pronto empezaban a entrar por la puerta principal la tía de mi tía, de mi tía, mis primos de primera, segunda y tercera generación; todos con algún rasgo en común. No estoy segura cuál fue, pero un aire tenían entre todos.
La llegada de la familia extensa venía acompañada de cañazo y un par de chirocos, que eran músicos que podían tocar con bombo y flauta, canciones movidas y otras medio nostálgicas que igual todos los invitados bailaban. Varios tíos míos cuentan que fue la última vez que mi abuelo bailó el zorro negro con estos chirocos, cargó a mi hermano en sus hombros y todos cantaban y bailaban felices.
Después de tanta fiesta, la abuela dedicaba tiempo junto con las otras mujeres de la familia a ordenar todo en casa y a repartir todo lo que no habían podido terminar el día de la fiesta. Nosotros, los niños, solo jugábamos y de vez en cuando correteábamos a los perros y ellos a nosotros.
Cuando mi abuelo despertaba, mi abuela lo mandaba a cuidarnos. Siempre recordaré ese día sin fiesta, con el sonido de una radio, el abuelo sentado con nosotros dos, mirando hacia el patio. Alguna broma nos contó, fue la única vez que vi la felicidad en su pálido rostro, la última carcajada que nos acompañó aquel día. Luego se quedó atrapado en un profundo sueño en Avispata. Sus ojos no volvieron a ser los mismos. Nosotros tampoco seríamos los mismos. Las celebraciones y el pan se acabaron. Mi abuela no fue la misma.
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