Pakarina
El día que dejé mi tierra, lo hice con la emoción en los ojos y en los labios, todo sería nuevo y yo estaba dispuesta disfrutar cada cosa nueva que pasara. Subirme al primer bus, ver los primeros edificios, conocer gente de la ciudad, ver el mar, ir por primera vez al cine y ahora que hago memoria ni siquiera viene a mi mente, qué película vi ese día.
Eso no sucede cuando pienso en mis primeras películas en casa y en VHS, "El Puerquito Valiente" y las veces que pedíamos a mi padre que compartiera con "don Apolinar" la cinta para que todos supieran que teníamos LA PE-LI-CU-LA, ahora no sé si mis amigos de ese entonces lo recordarán, yo tampoco recordaba bien la trama.
Poco a poco empiezo a reconocer que mis recuerdos son un poco más claros cuando en mi mente vuelvo a mi tierra, los recuerdos de la ciudad y mi adolescencia en su mayoría son borrosos, dolorosos y hasta frustrantes, en mi lógica no entendía porque no era como ellos o qué era todo lo que pasaba a mi alrededor. Mi adolescencia de por sí ya hacía su trabajo de cuestionar miles de cosas con respecto a mi posición social y a mi cuerpo.
El entorno se convertía en un monstruo que tenía que atacar unos días con mucho espíritu de guerra y otros con miedo "donde me sentaré hoy", "ojalá que el bus que tome no esté tan lleno, no quiero que nadie se me pegue" "ojalá que nadie note que soy de la sierra y quiera robarme" siempre salía con algo en mente. Ahora sé que vivía unos días asustada y otros feliz de haber sobrevivido a la ciudad.
Después de todo, yo venía de afuera a un lugar que es y no es mi país.
El olor a hierbas húmedas en tiempos de invierno, el olor de la leña en mi ropa todas las mañanas luego del desayuno, el olor del recreo a eucalipto y anís de campo, la casa de mi abuela a café tostado con azúcar. Las vacaciones en "la planta", los sonido luego de la lluvia, ranas croando y la estridulación de los grillos.
Tantas cosas que aún son mi origen.

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